¿Qué se entiende por una vida ascética?

Portar una vida ascètica és avui dia tot un repte i, tanmateix, és quelcom més que necessari, almenys per nosaltres els cristians. Quan parlem d’ascesi estem al·ludint a l’exercici que és necessari per assolir una habilitat. Queda lluny, per tant, aquella altra visió que es va donar des de la filosofia estoica que tenia a veure amb la simple renúncia i repressió dels impulsos. Exercitar-se amb consciència, en un sentit ètic, passa pel desenvolupament d’una habilitat espiritual que ens ajudi, como deien els primers anacoretes del desert, a aconseguir la puresa de cor. Òbviament, d’allò que es tracta no és d’aconseguir quelcom que es tanca en un mateix, sinó aquella claredat i neteja interior que permet que ens obrim a Déu.

Para esta limpieza son necesarias las obras ascéticas, pues son instrumentos que ayudan a liberar al corazón de las ataduras que lo constriñen y endurecen. Entre todas aquellas que se practicaban entonces, destaco una de ellas: la capacidad para callar y no juzgar. Juzgar es demasiado fácil, ya que cada uno vive la percepción que tiene de las cosas ya no sólo como su verdad, sino como si fuera la Verdad. Esto nos hace perder la humildad necesaria que posibilita cualquier encuentro con el otro e, incluso, con Dios, pues la arrogancia se enciende cegándonos. Sobre la razón de por qué se juzga existe un hermoso y sabio apotegma que dice: «A un padre anciano le preguntó, en cierta ocasión, un hermano: ‘¿Por qué juzgo con tanta frecuencia a mi hermano?’ Y él respondió: ‘Porque todavía no te conoces a ti mismo. El que se conoce a sí mismo no ve las faltas de los hermanos.’» El periodo que dediquemos a mirarnos con honestidad puede ser de lo más revelador pues cuando uno reconoce sus puntos flacos, sus oscuridades o faltas, advierte que en uno también reside aquello que condena en los demás. Callar y observar lo propio evita que caigamos en el mecanismo de proyección. El arte del silenciamiento nos reconfigura y nos profiere una oportunidad para reconciliar-nos con lo propio, justo en ese instante donde Dios obra su salvación y, cuando esto acontece, la mirada con uno mismo y con los demàs se torna más misericordiosa.

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